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Seguramente si la destrucción vuelve revestida de dulzura;​
le entregaremos el candor de nuestras claridades impacientes,​
la recibiremos con plácemes nocturnos,​
le haremos sitio en la estrechez.​
                                                                                                                                  Rafael Cadenas.

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Anoche volví a soñar con tierra,​
mi madre suele decir que soñar con tierra no es buen augurio,​
pero en estos tiempos, ya  es una fortuna soñar.​
Soñé que bajo la tierra, se entretejían las raíces​
formaban redes acuosas en un ojo gigante,​
en su pupila vi flotar los pechos redondos de Ofelia​
y en sus ojos entre abiertos,​
me repetí una y otra vez hasta hundirme.​
No era el caso despertar, poner mi cuello bajo la hojilla del alba.​
Comencé a ascender por la garganta encrispada de otro sueño,​
entonces un anciano movió la caña sobre el barro,​
“aprender es unirse a las cosas, sentir su intimidad” y fui haiku, lagartija y a su vez, pupila gris y dilatada del monje.​
Si todo fuera este sueño, si la fecundidad del azar​
te trajera en su golpe de dados,​
entonces haríamos a dos manos un tratado de ornitología de los cuerpos y botánica de la razón.​
Dicen que el tiempo de Dios es perfecto,​
pero fueron los hombres, los que hicieron al Señor​
a su imagen y semejanza.​
Yo lo sé, yo los vi.​
Yo los veo bombardear pueblos enteros​
y celebran el thanksgiving​
Y Dios bendice a América.​
Se me antoja que la paz es un seudónimo de Lázaro llorando su solitario enigma.​
Tú y yo, fuimos la asimetría de la distancia,​
fuimos los proscritos que cultivaron las flores para Baudelaire​
y también un beso y también el significado íntimo de una caricia.​
Me hubiera gustado invitar una copa al Chino Valera,​
hablarle de su hermoso acierto,​
sueño que la felicidad es un viaje por barco y de mi cuerpo,​
que tampoco fue dócil, ni amable ni sabio.​
Pero tú también sabes de esto.​
Tú que me amaste implacablemente, zurdamente, alcohólicamente.​
Hoy somos fuegos insulares,​
buscando extender un punto cardinal, una bandera de cuerpos invictos, una estación de gentiles alisios.

Te contaba que anoche volví a soñar con la tierra,​
giraba un resplandor y pensé en Borges,​
en realidad, en los ojos de Borges​
que le bastaron tres centímetros del espejo cósmico​
para ver el poniente en Querétaro, la osamenta de su mano,​
a mí, tal vez a ti, de seguro a nosotros y al inconcebible universo.​
Y te he hablado de un sueño y de revelaciones y de los pechos flotantes de Ofelia en la pupila acuosa de la tierra,​
y de la apostasía del hombre por la paz y el amor y de Borges y el aleph.​
Todo para distraerte del poema donde pude haber dicho que eres​
relámpago lento, llama indivisible, semilla honda de yagrumo, puñado de espera, ardor que todo lo calla, humedad de estepa renacida, sierpe solar de nuestro mito, patria mía,​
un cuerpo, un silencio, un hijo, un abrazo y el pan después de la guerra.​
Suéñame, suéñanos como si encontrarnos en la mirada se tratara​
de una profesión de fe.

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